domingo, 18 de julio de 2010

La Patudita





Por la ventana de mi cocina entran seres extraordinarios. Está constantemente abierta, invierno y verano, ya que soy fumador y asmático. Es mi única manera de tener mi pequeño departamento ventilado. Ya dejaré de fumar uno de estos días.

Generalmente entran por la noche, cuando estoy durmiendo, y me despiertan con sus gritos, aullidos, miaus, graznidos, etc.

Una vez entró un unicornio blanco, alado. Le di lechuga y agua y se quedó a dormir sobre la alfombra de la salita. A la mañana siguiente se fue volando majestuosamente por los cielos azules de la Calle Larga de Valby sin antes agradecerme mi hospitalidad con un leve mordisco en mi mano derecha.

Otra vez entró un gato, también blanco, y este gato trajo a vivir a sus doce hijitos. El gato se llama Jorge y los hijitos también están bautizados. Ellos viven conmigo, pero esto es otro milagro que les contaré en otra oportunidad. ¡O tal vez ya se los conté!

Una noche entró un marinero chino, fumando unan apestosa pipa de hierbas índicas. Y venía con su esposa, una norteamericana rubia llamada Susy. Los dejé dormir en mi salita de estar y les presté mis colchones especiales para visitas humanas. No durmieron y cantaron y gritaron toda la noche. El marinero se comió todo lo que había en mi refrigerador y la norteamericana intentó robarme mi billetera que estaba sobre mi velador. Los tiré a ambos por la ventana nuevamente. Y saqué los colchones al patio ya que se habían orinado en ellos.

Anoche me desperté sobresaltado porque algo o alguien me estaba haciendo cosquillas en la frente. ¡Traté de rascarme y la cosquilla se trasladó a mi cuello, y luego a mi espalda! Encendí la luz y logré atrapar a una gigantesca araña con calcetines colorados. Ella, la patuda, se dejó atrapar y me hizo cariño en los dedos como doncella enamorada.

Me fui a la sala de estar con ella y la puse sobre mi mesa para ver qué hacía. Nada. Se quedó tranquila y me enviaba saludos con sus diez extremidades hermosas. Le di helado de frutilla en una tapa de Cola, y lo devoró con fruición, muy elegantemente y se limpió la boca con mi mantel. Luego le di agua y la bebió a largos sorbos y de un salto magistral cayó sobre mi cabeza, se deslizó hasta mi boca y me dio un beso.

Me faltan palabras para describir mi impresión. Y mi emoción. Esa araña patuda me conquistó con sus coqueteos y caricias. Se quedó a vivir conmigo. Hizo su casa de seda en un rincón de mi dormitorio y me espera con ansias cada vez que salgo a caminar por la famosa Calle Larga de Valby o voy al célebre Café Ciré.


Pueden mirar pero ¡PROHIBIDO TOCAR!




Tomado de Espacio Latino

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