lunes, 12 de mayo de 2014

Drazena en el bosque con flores







Esta viejísima foto la saqué  en 1998 en una calle en Copenhague.

A la derecha está Drazena, alta, y de cabello largo y negro. A su lado Laila, de cabello corto y luego Yasna, de pelo rubio. A la derecha hay una madre con sus hijitas buscando refugio entre sus piernas. Al fondo las viejas casonas y algunos paseantes. Es una buena foto, ya amarilla y desgastada. Se me había perdido y la encontré hoy  que sepultamos a Drazena en el cementerio El Bosque. Logró cumplir aproximadamente veinticinco años de edad.

Conocí a las tres en un centro para refugiados de la Cruz Roja Danesa en Copenhague. Yasna y Laila llegaron con sus familias desde Sarayevo, Bosnia.Y Drazena llegó sola desde Croacia. Huían de esa horrible guerra que desintegró a la vieja Yugoeslvia y donde murieron millones de seres humanos incluyendo a viejos, niños y bebés. Como en toda guerra, la población civíl sufrió torturas, fusilamientos masivos, violaciones y desapariciones. Quienes más sufrieron fueron los niños y las jovencitas. Fueron víctimas de violaciones en grupos, torturados y asesinados. Laila y Yasna junto a sus familias recibieron asilo del estado danés. Sus padres encontraron trabajo en Copenhague y ellas pudieron ir al colegio, aprender el idioma e integrarse al país.

Drazena también logró obtener asilo y sin embargo se negó a integrarse. Jamás aprendió a hablar danés y vivía en un departamentito en Copenhague, sola y aislada, soñando con volver a su pueblito natal en Croacia. Recibía una pequeña pensión estatal para refugiados, suficiente  para sobrevivir. Sin embargo esta joven inteligente y hermosa fue cayendo rápidamente en un mundo peligroso y enfermizo. Usaba su poco dinero en heroína, no se alimentaba y su círculo social eran croatas también drogadictos y criminales. Sin embargo ella me visitaba a los largo de los años, sola, y lloraba en mi hombro pidiéndome que la sacara del infierno en que había caído. Yo también la visitaba de vez en cuando, llevándole alimentos y cigarrillos.

Notaba si, que su mente, una vez ágil y aguda, se iba deteriorando rápidamente y que su conversación se iba desmembrando, haciéndose ininteligible.. Me decía que la vaca que vive en su casa es el alma de su madre. Que sus hijos inexistentes la despertaban por las noches trayéndole osamentas de héroes croatas. Una mañana llegó corriendo a mi casa perseguida por tres policías. Junto a tres amigos suyos habían intentado robar una sucursal bancaria aquí en el centro de la ciudad. Drazena fue condenada a  dos años de cárcel.

Los guardias de la Cárcel del Oeste la violaron repetidas veces. Al salir, había perdido unos veinte kilos de peso. Le faltaban todos los dientes, cojeaba, y su cabellera una vez negra y sedosa parecía la peluca de un espantapájaros. Yo la llevé a su departamento y lo encontramos totalmente vandalizado. Llamé a las autoridades de la Real Comuna de Copenhague y la puse en contacto con una asistente social. Esta asistente, horrorizada y  conmovida por la historia de Drazena, logró, a través de un médico, internarla en una clínica psiquiatra . Pero Drazena se negó a aceptar su medicina, a conversar con los médicos y a colaborar con su tratamiento.

Yo la iba a visitar y nos sentábamos en el jardín, escuchando su monólogo ya incomprensible. Se arrancó y se prostituyó para pagar su heroína. Dormía en las calles y a veces iba a su departamento sin puerta y ventanas rotas para intentar sobrevivir sus horribles abstinencias y alucinaciones. Ahí la encontré hace tres días. Pálida y fría. Ni siquiera la sombra de esa niña hermosísima y tímida que llegó a Dinamarca desde Croacia.

Hoy la enterramos. Llenamos su tumba de flores. Descansa en paz querida Drazena.

lunes, 30 de diciembre de 2013

MILAGRO: Un relato de Año Nuevo







MILAGRO: Un relato de año nuevo
      Acostumbro dejar la ventana de mi cocina abierta en los atardeceres. Así puedo ventilar el departamento y tener aire fresco para palear mi asma. La ventana da al jardín común que tenemos en el edificio donde vivo. Es un hermoso jardín con árboles, flores y césped. En él nos sentamos a tomar sol en los veranos y hacer asados mientras los niños juegan. No hay perros, pero sí hay gatos extraviados o sin dueños. Son amistosos y están acostumbrados al contacto con seres humanos. Gracias a ellos no tenemos lauchas ni ratones. Por lo  general no los adoptamos porque en Dinamarca las reglas para la adopción de animales son estrictas y hay que seguir procedimientos costosos tales como exámenes médicos periódicos, vacunas y entrenamiento.. No los paga el Estado, así que los dejamos rondar por el jardín.  Sin encariñarnos con ellos, los alimentamos de vez en cuando y aparecen o desaparecen a su gusto.

Una noche, en vísperas del Año Nuevo, me desperté sobresaltado. Sentí un peso en mis pies, Encendí la luz del velador pero nada había. Intenté dormirme sin conseguirlo. Miré debajo de mi cama y ahí estaba un gato. Me observó con sus ojos verdes. Era un macho de color blanco, muy hermoso. Lo hice salir y lo llevé a la cocina donde saltó por la ventana y desapareció.

Más tarde, mientras yo leía tendido en mi sofá, reapareció. Con un "miau!" se sentó en la alfombra del living . En contra de las reglas le di un plato con leche y se la tomó sin salpicar la alfombra. Agradeció con un "miau" y se acomodó en el sillón a lamerse la boca y los bigotes. Me encariñé con él y mandé todas las reglas al diablo. Siguió viniendo todos los días. Yo lo alimentaba y el escogió mi sillón favorito para dormir o acicalarse. A mis visitas las saludaba  refregándose en sus piernas, ronroneaba y decía"miau". Lo nombré Jorge, para molestar a los daneses ya que ellos no pueden pronunciar este nombre. Les sale algo así como "Ggggué".

Jorge y yo nos hicimos inseparables. Le compré un collar para salir a pasear (como lo estipula la ley) e íbamos a mirar milagros a la Calle Larga de Valby y por las tardes al Café Ciré, donde el dueño Piérre le daba leche. Cuando visitábamos a mi amigo y vecino Niels Winter, Jorge se acostaba en la alfombra frente a la estufa.

Jorge tomó la costumbre de llevarse trozos de carne o pescado cuando salía al jardín. Me llamaba la atención pero no pensé mucho en el asunto. Una tarde el felino estaba inquieto, se paseaba como fiera enjaulada; se negaba a salir a la calle conmigo y esa noche desapareció por la ventana. Yo lo esperaba todos los días y salí a buscarlo en el jardín y en la Calle Larga de Valby. Pregunté en el Café Ciré, pero nada.

Una mañana muy fría, yo estaba sentado ante mi computadora cuando escuché maullidos  en la cocina. ¡Era Jorge! Y  un gatito  con aspecto de recién nacido colgaba de su boca. Lo colocó en el sillón, me saludó con un refregón en las piernas y saltó  al jardín. Volvió a los cinco minutos con otro gatito y luego otro, y otro, hasta que al fin había DOCE GATITOS repartidos en mi cama, mis sillones y mi sofá. Jorge me dio un largo "MIAAAAUUUUUUUU!" y se refregó en mis piernas con un fuerte ronroneo. Partí  al supermercado de la esquina y compré  leche y doce biberones. Alimenté a los gatitos hasta quedarme extenuado, y con un gran signo de interrogación en mi mente.

Por la mañana temprano salí al jardín para mover el cuerpo y respirar aire puro y me encontré con Arne, el barrendero. La mañana estaba heladísima y el césped escarchado. Arne se sorprendió al verme porque ya nadie usaba el jardín en ese otoño tan frío. Entre un montón de trapos viejos en uno de los sótanos vacíos yacía una gata muerta. La esposa de Jorge, supuse.
Ahí entendí el enigma. Jorge no lloraba, estaba orgulloso de su nueva condición de padre viudo, así son los gatos, me imagino. Yo me sentía como un abuelo chocho.

Cuando los mininos crecieron compré doce collares con doce correas y ahora salimos todos juntos a pasear por la Calle Larga de Valby. Somos un milagro.(Hasta que me pille la policía).

Y bueno, aqui les presento a Pedrito, Gonzalito. Petersito, Birgita, Margarita, Juanito, Johncito, Marita, Merilincita, Violetita, Jorgito e Iancito. Jorge tomó la foto...
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